Observatorio Argentinos por la Educación

La utilización de los indicadores educativos cuantitativos como elemento para el diagnóstico de la transición entre la escuela secundaria y la universidad

Por María Catalina Nosiglia

Marzo 2018

En los últimos años la cantidad de estudiantes en condiciones de acceder a estudios de nivel superior así como la demanda por los mismos se ha acrecentado significativamente. Esto se vincula principalmente con tres fenómenos. Por una parte, en las sociedades del conocimiento la educación superior constituye un elemento central para el desarrollo -no sólo en términos económicos sino también por los beneficios que tiene una población más educada- lo cual además resulta en una mayor demanda de certificaciones educativas. Por otra parte, en los últimos treinta a cuarenta años el crecimiento de la población en edad de acceder a estudios post secundarios también se ha incrementado. Por último, la extensión de la obligatoriedad de la educación secundaria impacta asimismo, en el caso argentino desde la sanción de la Ley de Educación Nacional N° 26.206 en el año 2006, también influye sobre la expansión de la matrícula.

En los últimos veinte años, la matrícula universitaria creció un 89%, alcanzando en la actualidad 1.902.935 estudiantes. La tasa bruta de escolarización universitaria es de 38,3% (año 2015), la cual creció 13 puntos porcentuales en los últimos catorce años. A este fenómeno se le contraponen para las universidades y los estudiantes las dificultades para sostener las trayectorias educativas conforme los tiempos teóricos de los planes de estudio y el desgranamiento temprano.

Para las universidades esto ha representado un conjunto de situaciones y desafíos nuevos, entre ellos la heterogeneidad de la matrícula, que implica trayectorias escolares previas diferenciales -tanto primarias como secundarias-, la situación socioeconómica y el capital cultural con el que arriban a la universidad.

Diversos estudios han dado cuenta de la complejidad de la articulación entre niveles educativos, y particularmente entre el nivel secundario y el nivel universitario. El CINDA (Centro Interuniversitario de Desarrollo) define el proceso de transición como “un conjunto de fases que viven los estudiantes en un espacio temporal que se inicia en los momentos de culminación de su educación media hasta el momento de finalización del primer año de estudios en la educación superior” (CINDA, 2011: 132). La complejidad de la cuestión resulta en que los estudios sobre la temática incluyen análisis del proceso de ingreso a la universidad por una parte (Sigal, 2003; Fanelli, 2014; Ezcurra, 2013) y estudios orientados a los problemas de la educación secundaria.

La transición entre la escuela secundaria y la universidad además se ve afectada por la heterogeneidad institucional y regional en Argentina. Por una parte, la sanción de la Ley de Educación Nacional N° 26.206 no resolvió por completo el problema de la fragmentación de las trayectorias educativas entre las diferentes jurisdicciones, coexistiendo hoy diferentes estructuras académicas. Por otra parte, las diferentes características de cada región y jurisdicción impactan sobre las características de la transición entre escuela secundaria y universidad. Por último, tanto el carácter binario del sistema de educación superior argentino entre el nivel superior no universitario y el nivel universitario, como la alta heterogeneidad interinstitucional al interior de cada subsector suman elementos que complejizan esta transición.

En el caso argentino se han desarrollado diversas políticas de articulación entre la escuela secundaria y las universidades a lo largo de los últimos años, con diferentes resultados.

En este sentido, la utilización de indicadores cuantitativos como insumo complementario para el diagnóstico de los problemas de la transición entre niveles educativos constituye un elemento fundamental en el desarrollo de medidas y acciones orientadas a dar cuenta de esta situación, tanto desde el punto de vista de desarrollo de políticas públicas globales como desde el punto de vista de las acciones institucionales que pueden generarse desde cada institución.

En términos generales, los indicadores cuantitativos disponibles que especialmente pueden vincularse a esta problemática pueden discriminarse en tres grandes grupos: a) los indicadores de acceso y participación permiten dimensionar la población educativa; b) los indicadores de eficiencia interna (promoción, sobreedad y repitencia) permiten dar cuenta de las características de las trayectorias académicas de los estudiantes próximos a ingresar a los estudios de nivel superior; y c) los indicadores vinculados a las evaluaciones de rendimiento académico agregan un elemento significativo de diagnóstico para dar cuenta de las dificultades de la transición entre el nivel secundario y el nivel universitario.

Sobre estos últimos, un breve acercamiento a los mismos permite dar cuenta de algunos de los factores anteriormente mencionados. Por una parte, el sector de gestión al que asisten los estudiantes del nivel secundario en relación al nivel socioeconómico evidencia la segmentación de trayectorias. Por otra parte, los indicadores de las evaluaciones estandarizadas por área disciplinar permiten observar significativas diferencias entre disciplinas. Por último, los indicadores resultantes de estas mismas evaluaciones discriminados por sector de gestión y región muestran algunas de las inequidades del sistema educativo, en sintonía con lo mencionado previamente.

Los indicadores cuantitativos por sí mismos y aislados de otros elementos no son suficientes para el desarrollo de políticas públicas o acciones institucionales, pero constituyen un elemento fundamental ya, sea en el diseño, implementación, desarrollo y evaluación de las mismas.

María Catalina Nosiglia

María Catalina Nosiglia

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